Cuando los padres son primerizos, les surgen muchas dudas sobre cuándo llega el momento de decir el primer “no”.
Es frecuente pensar que no hay que regañar a los niños cuando son pequeños porque no entienden lo que les decimos y lo único que conseguimos es que lloren.
Evitar el llanto a toda costa hace que, en muchas ocasiones, se sea demasiado permisivo con determinados comportamientos, lo que a la larga genera dificultades.

El concepto de disciplina positiva, muy extendido actualmente, también genera confusión en las familias, pues parece estar compuesto por términos contrapuestos.

En este post vamos a reflexionar sobre cómo la disciplina no está reñida con el cariño y sobre cómo podemos poner límites a nuestros hijos con amor.

¿QUÉ ES LA DISCIPLINA POSITIVA?

Consiste en poner límites a los niños desde el respeto y la comprensión, evitando métodos punitivos.

Para poder aplicarla correctamente, es de gran ayuda comprender las razones que hay detrás del comportamiento de un niño.

Muchas veces interpretamos como desafíos comportamientos que, en realidad, se deben a la falta de madurez de su cerebro para controlar los impulsos, a que aún no reconocen sus emociones ni saben cómo regularlas, o simplemente a que no han desarrollado el lenguaje necesario para comunicarnos sus necesidades. Analizar su comportamiento desde esta perspectiva permite abordar la causa subyacente de una manera más certera.

Centrar nuestra atención en el buen comportamiento —a través del refuerzo positivo— es mucho más eficaz que tratar insistentemente de corregir el mal comportamiento.

Un aspecto clave es el respeto: si tratamos a los niños con cariño y dignidad, les estaremos enseñando a comportarse así con los demás. El respeto mutuo refuerza el vínculo entre el cuidador y el niño, y nos ayuda a establecer relaciones sanas, otorgando la importancia que merece la conexión entre padres e hijos.

Establecer normas claras, fáciles de entender y consistentes ayuda al niño a respetar estos límites. No hay que temer utilizar el imperativo al explicar estas normas, ni decir “no” cuando sea necesario, pero siempre con cariño, sin gritos ni amenazas, para evitar ser un mal ejemplo a la hora de resolver situaciones complicadas. También favorece el cumplimiento de las normas establecer una rutina, que le ayude a organizar su día a día y le proporcione seguridad.

En definitiva, adoptar una autoridad positiva contribuye al desarrollo social y emocional del niño, redirigiendo su comportamiento sin necesidad de utilizar calificativos que dañen su autoestima, y haciéndonos sentir mejor como padres.

Recuerda que orientamos a los padres y madres para facilitar la complicada tarea educativa.

 

Macarena Gea

Psicóloga sanitaria AN 04835